Por Miguel Del Río Martínez

La propiedad de los medios y su influencia directa a la hora de dar determinadas noticias (o no darlas) siempre ha sido materia socorrida para que un periodista bregado en mil batallas informativas – y seguro de que su trabajo no corra peligro alguno- imparta una conferencia al respecto a los alumnos de primero de periodismo. Antes era más fácil saber quién o quiénes estaban detrás de un periódico, de una televisión o de una radio, pero Internet lo ha cambiado todo. Aún no sabemos si tanto cambio es a mejor o a peor.

Con la reciente venta del Financial Times (FT) al grupo japonés Nikkei, leo la noticia y dentro de la misma me encuentro con esta aseveración: “… Es proverbial la falta de habilidad que exhiben las empresas de comunicación a la hora de comunicar sus propias noticias”. Cierto. Es así pero no pensemos en la ingenuidad de los grandes grupos de comunicación cuando de lo que se trata es de relatar claramente sus balances, sus ganancias, pérdidas, los inversores con que cuentan y la influencia que estos van a tener en la línea editorial de los medios en determinados temas que bien podemos denominar como globales (inmigración, países emergentes, conflictos bélicos en las zonas petrolíferas, campañas de candidatos presidenciales, el cambio climático, etcétera, etcétera). Lo comento porque dentro de esta noticia sobre el FT se añade también esto: “Nikkei es básicamente un máquina de relaciones públicas al servicio de las empresas japonesas”.

Parecido a lo de Internet, la crisis económica sí que lo ha trastocado todo. Ha agudizado por ejemplo la venta de medios de comunicación, su desaparición, transformación a lo digital y la adquisición de prestigiosas cabeceras por parte de poderosas corporaciones empresariales y financieras. Si determinados medios ya no son tan rentables como antes, ¿por qué entonces los compran? En transformación o no, la comunicación siempre ha sido un buen negocio. Aunque hay un pero muy gordo. Desde los medios se exige hoy más que nunca una nueva transparencia (¿la ha habido alguna vez?), que debe arrancar desde el poder, los partidos políticos, y las buenas prácticas empresariales y financieras. Tenemos ahora el caso de Wolkswagen, y las consecuencias de esquivar con trampas informáticas la legislación medioambiental. Las consecuencias para la compañía alemana de automóviles son impredecibles. Más que de otra cosa, hablo de su pérdida de reputación y de confianza. Llegamos así al principio del periodismo: la búsqueda de la verdad para luego contarla y difundirla. ¿Cuál es la mejor comunicación que la creadora del coche escarabajo puede ofrecer a partir de lo que ha hecho? En cada paso que de en adelante, contar la verdad, sólo así empezarán, cuando toque, la remontada de la marca y recuperaran la confianza de los clientes y compradores.

Es cierto que los medios van a rebufo de las nuevas tecnologías. No deja de ser curioso que en España estén triunfando productos periodísticos cuyos contenidos se dedican a contar aquello que los conocidos medios de comunicación de ámbito nacional y regional no cuentan sobre sí mismos. Un cambio de accionariado o unos despidos, los debe contar en primer lugar el medio afectado, y no esperar a que los digitales lo publiquen o que desde las redes sociales se especule con informaciones que no tienen una fuente clara. Así, la información se degrada, la reputación de los medios se resquebraja, y el usuario de la comunicación se cuestiona la verdadera independencia de la que se hace gala debajo de muchas y conocidas cabeceras de la galaxia mediática.

La credibilidad se refuerza con lo que cuenten los medios sobre ellos mismos. Este tipo de información interesa (y mucho) al público. El hermetismo es el polo opuesto a la claridad. Tampoco seamos ingenuos a la hora de valorar cómo se hacen eco otros medios de la actualidad interna de una televisión pública o una radio que pelea por mantenerse arriba del EGM. Evidentemente, se cuenta desde dentro. Las razones son muy diversas, pero lo que queda claro es que las noticias que emanan de las redacciones y despachos de de los medios han irrumpido con tremenda fuerza en los dimes y diretes de la actualidad diaria. Ya no hay debate sobre si el profesional transmisor de la noticia puede llegar a ser también noticia en un momento dado. Todo empezó con los afamados presentadores de televisión y siguió con las estrellas de la radio que compiten por mayores audiencias que atraigan mayores ingresos en publicidad. Twitter es hoy el medio preferido de los periodistas para hablar de sí mismos, contestar a otros compañeros de profesión o aclarar una información. ¿No es una gran contradicción? Si tienen su propio medio, en el que trabajan, por qué lo hacen en otro. De esta manera, no es extraña esta escasa habilidad que presentan determinados medios a la hora de hablar sobre sí mismos. Les propongo que dentro de sus digitales abran un espacio para saber más sobre ellos mismos, y que no lo tengamos que saber por la competencia.

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